Pero es un día de reflexión. Algunos rápidamente nos dicen que "el pueblo...", "los ciudadanos...". Miren, no nos van a dejar elegir nada. Y seguimos con lo mismo: los ciudadanos no vamos a tener voz ni voto en una decisión tan trascendental como qué tipo y quién encarna la máxima representación institucional de un Estado democrático, si un Rey en representación de una Corona, o un jefe de la República.
Nos equivocamos. No tenemos una plena democracia.
Vamos con lo que nos hemos encontrado.
Suso de Toro.
No hay duda de que todas las dudas que tuviese el rey se le aclararon tras el resultado de las elecciones europeas del domingo.(...)Pero la opinión pública española hoy está dividida en dos, la parte analógica y la digital. Los medios analógicos forman todos parte del sistema político vigente y cierran filas alrededor de la monarquía, sin embargo aunque esos medios llegan a la mayor parte de la sociedad parece que donde se expresa el cabreo, el rechazo al sistema y a todas sus instituciones, incluida la monarquía, es en los medios digitales. Y por eso una fuerza política que acertó a seguir la lógica digital condiciona ahora a toda la izquierda, una izquierda que hasta hace unos días era puramente analógica y anclada en el sistema.
Iñigo Sáez de Ugarte.
Es muy posible que la actual correlación de fuerzas en la política haga no ya improbable sino imposible un debate amplio entre la monarquía y la república (aunque muchísima gente en la calle hará lo posible para que eso no sea así). También es posible que la llegada del príncipe Felipe al trono provoque un aumento coyuntural del apoyo a la monarquía. Pero la decadencia de la institución no se puede examinar en el vacío, sino en el contexto de un régimen político (o sistema, o como se le quiera llamar) que da evidentes muestras de agonía.
Isaac Rosa.
La buena noticia es que con el rey se acaba la Transición, cuarenta años después. Se acaba por agotamiento, por derrumbe, por pudrición avanzada de todos sus pilares: las instituciones, el bipartidismo, el sistema económico, el modelo territorial, y por supuesto la corona, que ha colapsado hacia dentro, no la hemos derribado.(...)Sobre todo, no podemos empezar nada nuevo con las mismas bases. Y Felipe de Borbón, por mucho que los publirreportajes nos lo vendan desde hace años como un rey joven, preparado, cercano a la gente, que vive en su tiempo, en realidad es más de lo mismo. Es Borbón, pertenece a una tradición de reyes invariablemente fallidos y fuente de problemas. Ha crecido a la sombra de su padre y su familia, y su único elemento distintivo es haberse casado con una plebeya. Fin de la novedad. Y además sería un jefe de Estado cuya única legitimidad de origen es "ser hijo de". Un anacronismo antidemocrático en tiempos en que la ciudadanía pide más y mejor democracia.
Si de verdad quieren que constuyamos un nuevo consenso, renovar lo podrido, iniciar un nuevo tiempo y que todos caminemos en la misma dirección, no hay Segunda Transición que valga. Todo lo que no sea empezar por un referéndum sobre la forma de Estado no nos sirve. Todo lo que no pase por un ejercicio de democracia que sea el acto fundacional del nuevo tiempo, será más de lo mismo.
Rosa María Artal.
Es hora de cambiar la política siguiendo la estela de lo que ha evidenciado desear la gente ya de forma explícita porque ya no aguanta más recortes, ni más mentiras, ni más naftalina, ni más caspa. Hora de que nuestros representantes obren por el bien de la sociedad, su presente y su futuro tan incierto. Hora, sin duda, de regenerar la justicia comenzando por todas las trabas en las ruedas que le ha puesto el PP. Hora de reedificar tanto como se ha destruido en nuestro tejido social. El momento también de que el periodismo podrido deje sitio a la información veraz.
Javier Gallego.
El rey se va para que no se tenga que ir también la monarquía. Juan Carlos ha elegido el último momento que le quedaba para intentar salvar los muebles de una institución que se desmorona. Aplica la máxima de Lampedusa en El Gatopardo, “si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”. ¡El rey ha muerto, viva el rey! A rey muerto, rey puesto.
Y había que ponerlo antes de que le pusiéramos de patitas en la calle. No creo que sea casual que anuncie su abdicación justo después de que unas elecciones reflejen que el bipartidismo monárquico está en retroceso y el PSOE se deshilacha. Tenía que hacerlo ahora cuando el partido más leal a la monarquía aún tiene la mayoría absoluta. Tenía que hacerlo para forzar al PSOE a comprometer sus votos en la Cámara para darle a la Corona los dos tercios necesarios que eviten un referéndum sobre el modelo de Estado. No es generosidad ni sentido de la oportunidad, es que no le quedaba más remedio. Era ahora o no era.(...)
Como Franco, el rey “muere” en la cama después de cuarenta años de reinado que desactivaron el discurso republicano y quiere dejarlo todo atado y bien atado para que no pueda llegar una Tercera República. Como entonces, se intentará tutelar a los españoles como si fueran niños. Todo para el pueblo pero sin el pueblo. Nos explicarán que es necesaria la continuidad de la institución como cemento de las demás instituciones que evite convulsiones en un momento económico tan delicado y se pospondrá el debate para tiempos mejores. Ahora no toca el debate sobre el soberano como no toca el debate soberanista catalán. Ahora toca que el bloque del bipartidismo haga piña en torno a los pilares del sistema. ¡Felipe y cierra España!(...)
No es casual que coincidan en la palabra elegida. Tocan la misma música. Son como la orquesta del Titanic. Siguen tocando como si no pasara nada mientras el barco se hunde.
La abdicación del rey Juan Carlos es la última prueba, la definitiva, del enorme deterioro institucional que vive España. Incluso en el palacio más alto del país se rinden a una evidencia que durante años intentaron negar. No es una crisis económica. No se va a arreglar simplemente con la recuperación del PIB. Es el fin de una era, una crisis sistémica, el colapso del modelo institucional, político y territorial de la Transición, que se rompe por las costuras porque ya no aguanta más.
El rey no se va por un problema de salud. Según la Casa Real, comunicó su decisión a su hijo en enero, en su 76 cumpleaños. En marzo, avisó a Mariano Rajoy y a Alfredo Pérez Rubalcaba. Desde la Zarzuela confirman que es una decisión política y que no tiene nada que ver con el resultado de las europeas; aseguran que se escogió la semana después de las urnas para que la noticia no llegase en plena campaña electoral. No se entiende entonces por qué el rey en su último mensaje de Navidad dijo exactamente lo contrario: su "determinación para continuar". ¿Cambió de opinión en unos pocos días? ¿Por qué?
(...)
Felipe VI muy probablemente será rey sin que los españoles puedan votar. A pesar de las movilizaciones republicanas –que las habrá–, la monarquía cuenta hoy con una mayoría absolutísima en el Congreso, donde habrá que aprobar –tarde y mal– una ley para regular la abdicación, y donde es muy posible que los grandes partidos plantearán incluir un artículo que garantice el blindaje judicial del rey saliente: su inmunidad legal.
Para el PSOE, el apoyo a la Corona en estos momentos va a complicar aún más su situación. Sus bases son republicanas. Gran parte de sus votantes también lo son. Y esa ley orgánica sobre la Corona va a ser un trago complicado para un PSOE que nunca antes ha estado peor.
(...)
En su discurso de despedida, el rey no ha dado más razones para su abdicación que el recambio generacional. La idea clave era otra: "Mi hijo Felipe encarna la estabilidad", dice el rey. En ello insistirán: "O nosotros o el caos".
Su proclamación como Rey es el primer paso para la renovación de la Monarquía, muy castigada por determinadas actuaciones del Rey y por el escándalo de corrupción que afecta a su cuñado, Iñaki Urdangarin. Él supo ver desde el principio que el caso Nóos podía afectar seriamente a la ejemplaridad de la institución. Y por ello -a pesar de que le ha sido doloroso ignorar a una hermana y a cuatro sobrinos- ha hecho todos los esfuerzos posibles por desvincularse públicamente de su cuñado. Lo mismo que su mujer, la Princesa de Asturias. Es evidente que él tendrá las manos libres para administrar los acontecimientos judiciales que se avecinan en este asunto. El Príncipe tiene claro que la Monarquía debe ser ejemplar y que si no lo es deja de servir a la sociedad a la que se debe. El futuro Felipe VI tiene sobre sus hombros la renovación de la Monarquía en un país azotado por todas las crisis posibles.
Henry Kamen.
Si un erudito fuera a escribir la historia de la monarquía españoladesde el siglo XV en adelante, debería tener en cuenta la campaña de difamación urdida contra el padre de la Beltraneja y su vergonzosa destitución en una ceremonia pública; el intento de asesinato de Fernando el Católico; el desprecio público por Juana la Loca; la rebelión de los Comuneros contra Carlos I; la indiferencia hacia Felipe II; el vilipendio sufrido por Felipe III; el desdén hacia Carlos II; el abierto rechazo a Felipe V... Y eso antes de entrar en la España contemporánea.
Desde 1465, contra Enrique IV, los nobles y líderes políticos han exigido la abdicación de sus soberanos
Posiblemente solo dos reyes hayan escapado a este oprobio general:Isabel la Católica y su esposo Fernando. Ambos fueron elogiados y reconocidos como únicos y verdaderos gobernantes españoles del país; muchos de los que les sucedieron fueron vistos como extranjeros y, por tanto, indeseables.
Angélica Rubio.
Desde que tengo uso de razón he oído hablar constantemente de la Transición, en todos los foros políticos y en todos los medios de comunicación. Y cada vez que España sufría una crisis las apelaciones al espíritu de la Transición eran constantes. Recientemente políticos y periodistas que protagonizaron o vivieron la transición afirmaban que la única manera de sacar a España del pozo era volver a los ‘Pactos de la Moncloa’ y hacer lo mismo que en la Transición. La realidad demuestra que no, que los españoles queremos un tiempo nuevo, no volver a viejos métodos que fueron milagrosos hace 39 años, pero que ahora no valen.
Ha fallecido Adolfo Suárez, el primer Presidente de la Democracia, el mismo año que abdica elRey Juan Carlos, primer monarca de una Democracia constitucional en España. Los dos simbolizan la Transición. Y también este año 2014, por primera vez en la Democracia unos resultados electorales dan al bipartidismo menos del 50% de los votos cuando nunca antes PP y PSOE habían sumado menos del 80% de los votos. Sí, la Transición se ha acabado. Y ha sido larga.
José Antonio Zarzalejos.
Este escenario de inmediato futuro hubiera alcanzado al monarca en una dinámica de progresiva debilidad -en este cuadro no hay que olvidar la apuesta independentista de Cataluña en donde Esquerra Republicana superó en la europeas a CiU convirtiéndose en la primera fuerza política de la comunidad- que comprometía a Don Juan Carlos pero también a la institución. De ahí que, como han apuntado intelectuales como Santos Juliá, “la transmisión en vida de la Corona puede ser el principio de una recuperación de confianza bajo su nuevo titular”. La abdicación se configura así como un movimiento institucional histórico para reforzar la Monarquía parlamentaria e iniciar una nueva etapa política con la Jefatura del Estado en la persona de Don Felipe de Borbón, que el pasado 30 de enero cumplió 46 años.
EDITORIAL DEL DIARIO EL PAÍS.
La nación es la verdadera fuente de legitimidad de la Monarquía. Don Felipe tendrá que ganarse ahora la confianza de los españoles, profundizando en las cualidades demostradas por su padre y facilitando la modernización que España necesita con urgencia. No solo hereda un reinado de paz, progreso y entendimiento, sino problemas de muy diversa índole en los que se espera al futuro Rey.
José Ignacio Torreblanca.
Sumados al argumento de la renovación generacional, con el que el Príncipe encaja perfectamente en un país donde la generación de la transición, mayor de 70 años, sigue al timón, el cóctel para replicar en la figura del Príncipe la narrativa heroica que encumbró a Juan Carlos al podio de la historia está servido. Pero el Príncipe debería guardarse del papel de súper-héroe que le quieren adjudicar. Reformar el sistema político, encauzar el independentismo catalán o recomponer el sistema productivo, por citar sólo alguna de las tareas más urgentes, no es una tarea que esté al alcance de una persona, y menos de un monarca constitucional en una democracia avanzada, cuyos poderes están lógicamente muy limitados, sino una tarea que la sociedad en su conjunto tiene que acometer. La madurez de la sociedad española se juega pues en lograr convertir la sucesión y la figura del Felipe VI en un impulso más para el cambio, pero gestionar ese cambio por sí misma.
Arsenio Escolar.
La abdicación pilla de nuevo a la clase política a contrapié y sin los deberes hechos. Sin esa ley orgánica para regular la abdicación que, desde hace 36 años, promete la Constitución (artículo 57. 5. “Las abdicaciones y renuncias y cualquier duda de hecho o de derecho que ocurra en el orden de sucesión a la Corona se resolverán por una ley orgánica”), sin arreglar tampoco en la Constitución la discriminación de las mujeres en los derechos sucesorios (artículo 57.1 “La Corona de España es hereditaria en los sucesores de S. M. Don Juan Carlos I de Borbón, legítimo heredero de la dinastía histórica. La sucesión en el trono seguirá el orden regular de primogenitura y representación, siendo preferida siempre la línea anterior a las posteriores; en la misma línea, el grado más próximo al más remoto; en el mismo grado, el varón a la mujer, y en el mismo sexo, la persona de más edad a la de menos”), sin Estatuto del Príncipe, que regule sus funciones…
Antoni Gutiérrez-Rubí.
El Príncipe Felipe, antes de aceptar (o mejor dicho, para aceptar) ser Felipe VI, podría impulsar un referéndum sobre la Monarquía. ¿Es tan descabellado? ¿No sería esta su primera y gran contribución al país en el que nació para servir a sus intereses? La política reclama osadía. Hacer posible lo necesario. Y no simplemente lo posible. El Príncipe se encuentra frente a un doble desafío: el de la Historia, el linaje, las leyes y los intereses… y el de la sensibilidad de la sociedad española, que antes que súbdita es ciudadana. España está, seguramente, en estado game over. Esta sucesión debe ser gestionada como si fuera una elección… o fracasará en términos de imagen, reputación y consolidación.
Ramón Lobo.
Dimitir tonifica, abre ventanas, airea. En eso, el rey ha dado un ejemplo. Hay razones sobradas para justificar su decisión. Se trata de un intento de salvar la monarquía en un momento en el que todo está en discusión. Esa debilidad no se supera con un gambito de rey, aunque el nuevo sea abiertamente del Atlético de Madrid, lo que tiene su punto. La monarquía solo se regenerará en un referéndum, porque en las urnas está la legitimidad.
En democracia no puede haber cargos hereditarios ni vitalicios, y menos aún fuera del alcance de la ley. Sin urnas, Felipe VI nacerá lastrado. No basta el apoyo de dos partidos en crisis de solvencia ética.


